En
la Argentina se ha desarrollado un mito según el
cual hoy gozamos de los beneficios de una política
económica activa, que promueve la exportación,
basada en el sostenimiento —artificial— de
un tipo de cambio alto, que asegura la competitividad
de nuestros productos.
Algunos
venimos señalando desde largo que la política
de dólar alto —o lo que es lo mismo, de peso
débil— poco tiene que ver con el declamado
aliento a nuestras exportaciones sino que en todo caso
viene a dar sustento al otro componente esencial —y
bien ortodoxo— del modelo: una caja holgada que,
amén de preservarlo de peligrosas crisis fiscales,
provea al gobierno de la mágica chequera desde
la cual asegurarse el dominio de la escena política.
Quienes así pensamos sostenemos que el dólar
alto fue la excusa “progre” para implementar
una severísima política de ajuste del gasto
estatal que dejaría verdes de envidia a los más
odiosos economistas neoliberales. La fórmula es
simple: ingresos ajustados por inflación (IVA,
Ganancias) y en “dólares fuertes” (retenciones)
vs. salarios estatales congelados en “pesos débiles”.
En
lo que sigue intentaré ilustrar por qué
el artificio del tipo de cambio alto constituye exclusivamente
una política impositiva, en la que poco tiene que
ver el desarrollo exportador —e incluso, la sustitución
de importaciones.
Hechos.
Pasados
ya más de cuatro años de la devaluación
del peso, los hechos hablan con elocuencia: si no se es
competitivo en costo y en calidad, no hay “tipo
de cambio competitivo” que valga.
·
Pese a la formidable brecha cambiaria a nuestro favor,
el déficit bilateral con Brasil sumó U$
859 MM en el primer trimestre, 32,2 % mayor al del mismo
período de 2005.
·
Llevamos 33 meses consecutivos de déficit bilateral
creciente, período en el cual la moneda brasileña
hizo el camino inverso al nuestro, con una incesante revaluación.
Las exportaciones brasileñas aumentaron en ese
tiempo a un ritmo que duplicó el crecimiento de
las nuestras.
·
La balanza comercial total de Brasil tuvo en marzo un
superávit 10 % mayor al mismo mes del año
pasado mientras que en la nuestra el saldo positivo se
reduce a un ritmo de 6 % anual.
·
En febrero, el total de nuestras exportaciones creció
17 % interanual mientras que nuestras importaciones aumentaron
25 %. Pero si atendemos los incrementos de las cantidades
transadas, la situación es alarmante: 5 % aumentaron
las cantidades vendidas al exterior contra 22 % las importadas.
·
Las manufacturas industriales —beneficiarias por
excelencia del dólar alto, ya que tienen la mayoría
de sus costos pesificados, no sufren retenciones y perciben
reintegros— representan sólo el 28 % de nuestras
exportaciones y tuvieron un pobre crecimiento interanual
de 4 % en cantidades vendidas.
·
En cambio, nuestras ventas de manufacturas agropecuarias
—fuertemente castigadas con retenciones, pero con
concretas ventajas competitivas— aumentaron 16 %
en cantidades. Y junto a los productos primarios explican
el 54 % de nuestras exportaciones.
·
A aquél que se pregunte si el ritmo importador
obedece a una vertiginosa —e improbable— aceleración
de la inversión, cabe aclarar que el crecimiento
de las compras de bienes de consumo aventaja con holgura
al de las de bienes de capital.
Los
riesgos de ser competitivo
Estos
números ameritan que pongamos en duda la eficacia
competitiva de subsidiar el dólar. A cambio, podemos
señalar dos consecuencias inmediatas e indeseadas
—pero inevitables— de sostener ese artificio:
a) se encarecen los precios de productos importados y
exportables, y b) al llevar los activos en el país
a valores de ganga, se pone a las compañías
locales en riesgo de adquisición.
Pero
si el objetivo —al menos declamado— es exportar,
podríamos echar un vistazo sobre otros aspectos
que forman parte o inciden en la política comercial.
Primeramente,
es claro que la política comercial está
hoy subordinada al control de los precios internos.
Aplicando
una visión irrealista y bifronte, absolutamente
ignorante de lo que significan los costos de oportunidad,
se espera que el empresario renuncie a ganar en el mercado
externo para vender a mal precio en el interno.
Las
retenciones son usadas como herramienta para docilizar
exportadores, al recortar los ingresos que pueden esperar
por exportar, de forma de desalentar las ventas externas
y hacerlas equivalentes a las ventas locales (al precio
que arbitrariamente desde un despacho oficial se ha fijado
como “aceptable”). Y si con eso no alcanza,
se prohibe exportar, y listo.
En
el mundo existen países que aplican antieconómicas
políticas proteccionistas para subsidiar sectores
harto improductivos. Es cierto. Pero a ningún país
se le ocurre aplicar castigos a sus sectores competitivos.
Salvo Argentina, que a la par subsidia a los ineficientes.
¿Es,
acaso, prohibiendo exportaciones, ahogando sectores competitivos
y perdiendo mercados que se recompone el ingreso per cápita?
Es obvio que no. Con esta estrategia no solo se desalienta
la inversión —las ganancias esperadas son
lo que impulsa a arriesgar más capital en un negocio—
sino que se deprime la producción —escasos
márgenes estimulan el abandono o cambio de una
actividad por otra.
Mientras
se pretenda que los empresarios operen en el mercado local
a puro altruismo y en el externo a pura rentabilidad,
el modelo no será ni pro–exportador ni pro–negocio
Es por ello que adjetivar como activa la actual política
económica ya aparece, como mínimo, osado
por cuanto ésta sólo se reduciría
en el mejor de los casos a alentar la sustitución
de importaciones.
Pero
subsidiando sectores ineficientes vía dólar
alto no alteramos su real (falta de) competitividad frente
a pares extranjeros. Las importaciones de productos textiles
—arquetípicos beneficiarios del modelo sustitutivo—
treparon 117 % interanual en enero. Las provenientes de
Brasil crecieron 82 %; las de China, 421 %.
Más
aún, la política oficial genera en importantes
sectores un proceso de “sustitución inversa”.
El caso emblemático, es el de la energía.
En este área, que durante los “malditos ’90”
a fuerza de inversiones habíamos logrado ser particularmente
competitivos, la concepción bifronte nos llevó
a sustituir exportaciones (a Chile, Brasil y Uruguay)
por importaciones (de Bolivia, Venezuela y Brasil).
Y
es en este tan maltratado sector donde hemos asistido
a verdaderas exhibiciones de nacionalismo, pero al revés.
Considérese lo ocurrido con el gas que compramos
a Bolivia, cuyo precio es casi tres veces —y en
seguro ascenso— el que pagamos por gas argentino.
La actitud oficial es similar en el caso de la electricidad:
pagamos a Brasil el triple que lo que se le tolera a nuestras
generadoras.
¿Hay
una política comercial?
Es
así que la actual política económica
tiene un corazón nada heterodoxo, netamente fiscalista;
el dólar alto no ha tenido mayor impacto en la
evolución y composición de las exportaciones
pero sí permitió efectuar un draconiano
ajuste del gasto que —disimulado bajo la forma de
devaluación— eludió la reacción
de los sectores sociales perjudicados.
No
es una política pro-exportadora, ni siquiera pro-sustitutiva.
Gobernada por las urgencias de los precios domésticos,
poblada de retenciones, suspensiones, registros especiales,
e incluso prohibiciones, con casos paradojales de sustitución
inversa, bien vale calificarla como anti-exportadora.
No disparó las exportaciones, no impulsó
la participación de los productos industriales,
no detuvo las importaciones, ni inclinó a nuestro
favor ninguna balanza bilateral. Por el contrario, nuestras
compras crecen una vez y media más rápido
que lo que vendemos; y, pese a la incesante desvalorización
del peso frente al real, el déficit con Brasil
se agiganta sin pausa (mientras que con el peso convertible
teníamos superávit).
Pero
si examinamos algunas otras realidades de nuestro comercio
exterior, no cabe ya cuestionar el rumbo, si no más
bien preguntarse si tenemos alguna política comercial.
·
La UE —ese bloque tan vituperado por su cerrado
proteccionismo— se convirtió en febrero en
nuestro primer comprador y superó así al
MERCOSUR —bloque aduanero al que por pertenecer
abrimos nuestro mercado a cambio de facilidades de acceso
que supuestamente nos brinda. El valor promedio de nuestras
ventas a Europa es también muy superior al precio
promedio de nuestras exportaciones a Brasil.
·
Donde sí cuentan las condiciones diferenciales
que brindamos al MERCOSUR es a la hora de importar: es
nuestro principal proveedor, duplicando nuestras compras
a la UE y al NAFTA, y único de nuestros grandes
clientes con el que tenemos un saldo comercial negativo.
·
El MERCOSUR ha devenido en una zona de comercio administrado,
escenario de permanentes tironeos entre sus socios mayores
mientras que los más chicos —Uruguay y Paraguay—
buscan ya indisimuladamente fugar hacia el NAFTA.
·
En estas condiciones, cabe preguntarse: si ya hoy es nuestro
principal cliente, ¿cuánto se multiplicarían
nuestras ventas si negociáramos un acuerdo de libre
comercio con la UE (obstaculizado por Brasil)? ¿No
sería preferible comprar bienes de capital (hoy
casi todos provenientes de Brasil) con estándares
de calidad europeos?
·
Pero la UE ha venido señalando que, antes de solicitar
disminuciones arancelarias y de subsidios a la producción,
Argentina debiera comenzar por no castigar sus exportaciones
con retenciones y otras trabas.
·
Las ventas a Chile equivalen a dos tercios de lo que exportamos
a todos los países del MERCOSUR. ¿Qué
esperamos para darle a esta relación comercial
el lugar de privilegio que merece?
·
Los productos primarios, las manufacturas agropecuarias
y los combustibles y energía representan casi tres
cuartas partes de nuestras ventas. En lugar de despreciar
y castigar permanentemente esas exportaciones que nos
dan de comer, ¿no sería más inteligente
diseñar una política seria y estable de
desarrollo comercial en los clusters de negocios en que
somos indudablemente competitivos? ¿No es insensato
matar la gallina de los huevos de oro?
·
Si no se computasen las exportaciones de combustibles
y energía —18 % del total, pero en franco
proceso de disminución— este año nuestro
superávit comercial se reduciría a una cuarta
parte. Esto muestra una gran vulnerabilidad de nuestra
balanza comercial a la crisis energética ocasionada
por el congelamiento tarifario.
Ni
la política exterior en general, ni la comercial
en particular, se pueden edificar sobre dogmas o prejuicios
ajenos a la realidad de nuestros concretos intereses.
Basta de cantinelas ¡y a los hechos por favor!