| Desde
mediados del siglo pasado los partidos políticos
más importantes en cada país de América
Latina, han avanzado en la simplificación de la explicación
de “que nos pasa”. En ese afán han dejado
a consideración de los habitantes comunes un rígido
sistema un dilema frente a la democracia, en el quedamos
atrapados: la primera opción permitiría alcanzar
un pleno ejercicio de la democracia en nuestras sociedades
a cambio de resolver los problemas sociales y de distribución
de la riqueza; la segunda sería considerar que la
democracia es un método político que garantiza
por si solo el estado de bienestar buscado, como señalaba
Raúl Alfonsín en su campaña presidencial.
Dentro de estas opciones existen variantes, pero, salvo
el ejemplo de Chile, ningún otro país muestra
un equilibrio entre estos extremos.
La
mayoría de los partidos políticos tradicionales,
han perdido su capacidad de convocatoria y sobreviven en
medio de profundos y permanentes conflictos internos. Su
lugar lo ocupan movimientos sociales surgidos de la privación,
como los sin trabajo, los sin tierra, los cocaleros, los
tabacaleros, los defensores del ecosistema, los pueblos
originarios de América, y los movimientos de ambos
extremos del espectro político radicalizados. Sus
dirigentes son personajes carentes de preparación
previa en los temas a conducir, así como de madurez
y experiencia imprescindibles. La capacidad de reciclado
de los viejos políticos - muchos complicados en procesos
penales - de pronto aparece nuevamente en puestos decisorios
de la administración pública.
Las
organizaciones no gubernamentales están pasando a
reemplazar al Estado en actividades que no deberían
haber sido delegadas a terceros u originando superposiciones.
Siendo significativo que en las entidades religiosas, en
los últimos treinta años, se ha producido
un auge de los de orientación evangelista. Se ha
producido un significativo crecimiento de nuevos cultos,
y una proporcional disminución de la identificación
con la Iglesia Católica. Muchos de ellos han fundado
universidades privadas, escuelas técnicas, y hospitales
de alta complejidad.
Las
fuerzas armadas, instituciones permanentes, han perdido
una elevada proporción de sus capacidades en personal
y material para el combate por asignaciones presupuestarias
insuficientes y por inexistentes o erráticas políticas
de Defensa, permanecen desde hace alrededor de veinticinco
años sentadas en el banquillo de los acusados. Esto
ha demorado mas allá de lo conveniente las soluciones
a los temas militares en particular, y a los políticos
y económicos relacionados. Las guerras asimétricas
sucedidas desde la caída del muro de Berlín,
han causado un gran impacto en el ámbito castrense.
En
el nivel policial, la inseguridad que el ciudadano latinoamericano
siente ha alcanzado extremos preocupantes. El delito campea
en distintas modalidades cada vez mas violentas disputándose
Argentina, Brasil, Colombia y Méjico la calificación
de ser el “país más inseguro de América”.
Las fuerzas policiales y penitenciarias nacionales y estaduales,
han sufrido efectos directos de una pésima administración.
Han quedado en un estado de atonia total, que hace pensar
en la urgente necesidad de proceder a sus refundaciones.
La falta de personal voluntario suficiente por los magros
sueldos ofrecidos, la carencia de presupuestos, medios y
adecuado adiestramiento, la ausencia de incentivos han aplastado
a sus sucesivas conducciones. Se hace difícil imaginar
cuándo todo volverá a un cauce de racionalidad.
Estados
Unidos, posee una remarcable influencia sobre la región.
Su visión estratégica global perturba a los
países por su interpretación de los cambios
producidos y a producirse, su principal enemigo es la fantasmal
organización Al Qaeda, parte de un tramado mundial
que llega a otras muchas estructuras terroristas de despliegue
internacional.
Latinoamérica,
salvo el Brasil, se caracteriza por producciones primarias
sin valor agregado, similares y competitivas entre si, lo
que hace que el concepto de “complementariedad”
se vea como algo utópico y muy lejano en el tiempo.
Sin embargo y como expresiones de deseo se han organizado
opciones diferentes como el MERCOSUR, el ALCA, la Comunidad
Andina de Naciones y la más reciente Alternativa
Bolivariana. Hasta ahora su resultado más destacable
ha sido la generación de una nueva forma de burocracia.
En
cuanto a los conflictos limítrofes, la Argentina
persiste en sus legítimas pretensiones sobre las
Islas Malvinas, Georgias y del Atlántico Sur; Bolivia
reclama a Chile la restitución de su salida al mar;
Ecuador y Perú intensificaron sus diferencias, igual
que Colombia. Panamá, Brasil y Venezuela denuncian
violaciones que fragilizan las relaciones diplomáticas.
Simultáneamente
los narco-terroristas se mueven por toda Latinoamérica,
formando transnacionales, con un poderío económico
y capacidad de acción paramilitar. Países
que hace quince años eran considerados de transito
en el circuito de la droga han pasado ahora a incrementar
su participación en el consumo, expandiéndose
a través de la creación de nuevos mercados.
EL
DILEMA ARGENTINO DENTRO DE LATINOAMÉRICA
Los
conflictos activos o latentes enunciados para Latinoamérica
están presentes en nuestro país, y también
su difícil gestión.
Las
opciones antes mencionadas fueron adoptadas como propias
por justicialistas y radicales. Ambos partidos políticos,
han consumido 80 años de nuestra historia política
sin resolver los múltiples problemas, presentando
una falsa antinomia. La Argentina no encuentra la forma
de salir, y mientras tanto transitamos flotando en una pseudo
democracia oscilando entre gobiernos autoritarios y demagógica,
la única solución que es la de someternos
en conjunto a una suerte de Pacto de La Moncloa. Para materializar
esta idea sería necesario un gesto patriótico
donde todos los políticos flexibilicen sus irreductibles
posiciones mantenidas a ultranza y permitan lograr acuerdos
donde los ciudadanos ganen. Ese propuesto “Pacto de
Buenos Aires” cobraría legitimidad a través
de la posterior votación de un plebiscito vinculante
que les daría respaldo, vigencia, y gobernabilidad
a los futuros gobiernos. El alcance seria sobre temas básicos
tales como salud, educación, seguridad, minoridad,
vejez, defensa y derechos ciudadanos, genéricamente
descriptos en el contenido de nuestras distintas Constituciones
desde la Constitución Nacional de 1853. El resultado
de esos acuerdos sobre políticas del Estado Argentino
deberían contener los intereses vitales e indelegables
de los ciudadanos argentinos.
Estos
acuerdos quedarían fuera del “coto de caza”
de los partidos políticos a partir de ese momento
y en elecciones posteriores. Se hablaría de metas
a alcanzar por encima de fijar tiempos. Esto permitiría
fijar objetivos a largo plazo, invariables en cuanto a su
consecución, ejecutando políticas estables
sin prisa y sin pausa, conducido por ejecutores profesionales
de la Planta Permanente de la Administración Publica
Nacional. Esta demostración de patriotismo obraría
como alivio y prenda de unión ante tanto dolor argentino
motivando un emprendimiento común unificador, así
seremos lo que queramos ser para nosotros y nuestros descendientes.
Por
Juan Carlos Cairo y Luis León Saniez.
|