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El
presidente George W. Bush ha dispuesto un notable incremento
en las acciones militares en Irak a fin de lograr en el
menor tiempo posible el fin de la guerra y la institucionalización
del país. Espera el presidente estadounidense una
transferencia honrosa del esfuerzo militar y del control
territorial a la responsabilidad de las autoridades irakies
electas.
Para
ello la coalición democrática deberá
incrementar aunque sea transitoriamente sus efectivos en
ese Teatro de Operaciones mediante la incorporación
de reservistas, tercerizar al máximo los servicios
de apoyo de combate mediante empresas privadas (abastecimiento,
mantenimiento, custodia de objetivos civiles, custodia de
personalidades, y custodia de los alojamientos del personal
de empresas privadas multinacionales que trabajen en Irak
en tareas de reconstrucción), incorporar más
iraquíes a la policía y a la guardia nacional,
cuya formación y capacitación deberá
hacerse en países cercanos aliados como es Kuwait,
retirar paulatinamente los contingentes militares de países
que forman parte de la coalición, a excepción
del Reino Unido cuya participación en la región
es estructural, incrementar substancialmente el presupuesto
militar con incidencia en la economía de los EE.UU.,
y no profundizar las relaciones con los países de
la Unión Europea e integrantes de la Organización
del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN), sumidos
en una problemática interna que impide su proyección
estratégica.
Los
efectos no deseados del mantenimiento de esta intervención
son: el estancamiento de las operaciones militares por desgaste
e inseguridad en las vías de comunicación,
el rechazo a la incorporación de reservistas de la
guardia nacional y como consecuencia de ello la utilización
de inmigrantes con el incentivo de obtener la ciudadanía
norteamericana después de doce meses de servicio
en el escenario de combate, la creciente falencia de una
doctrina y experiencia en el empleo de empresas civiles
en el teatro de operaciones sumadas al altísimo costo
de estos servicios, la dificultad en incorporar iraquíes
a actividades de seguridad y defensa, frente a la fuerte
acción psicológica de los religiosos musulmanes
y de la población en general, que los considera traidores,
la pérdida de confianza y el riesgo de reveses políticos
para los partidos gobernantes en las potencias aliadas,
como ocurrió en España, por las fuerzas de
la coalición, sumadas a la captura y ejecución
de ciudadanos pertenecientes a dichos países, el
aumento de los impuestos, y recortes de fondos destinados
a la educación, salud y seguridad para la población
de menores recursos en los EE.UU. el desgaste diplomático
de los EE.UU. para mejorar las relaciones deterioradas con
la “vieja Europa” que soporta exigencias de
beneficios económicos y políticos muy altos
a cambio de un apoyo más simbólico que real.
La
situación de Irak es un ejemplo típico de
las consecuencias de las guerras asimétricas que
se desarrollaron en el pasado como consecuencia de la bipolaridad
estratégica entre la potencia democrática
y la comunista, cuyas secuelas se continúan desarrollando
en la actualidad en Costa de Marfil o Colombia.
Los
organismos de inteligencia militar y nacional de los Estados
Unidos hicieron una acertada apreciación de inteligencia
para la fase de ocupación del territorio pero la
decisión política resolvió igualmente
ordenar las operaciones, desoyendo el histórico consejo
de Charles-Maurice de Tayllerand al Emperador Napoleón
Bonaparte: “con las bayonetas se pueden hacer muchas
cosas, menos sentarse en ellas”.
Es
indudable que la inteligencia a aplicar a las guerras convencionales
no es aplicable a las asimétricas, como si fuera
una única y común receta. Por ello se hace
necesario repensar las inteligencias de combate, estratégica
operacional, estrategia y política nacional, para
adecuarlas a las nuevas necesidades del conflicto.
Cabe
preguntarse si estamos en Argentina preparados para responder
a esta hipótesis de conflicto donde minorías
fanáticas, utilizando el terrorismo, obtienen réditos
políticos. Es muy probable que las Fuerzas Armadas
Argentinas deban participar en este tipo de conflictos en
cumplimiento de obligaciones originadas en la defensa cooperativa,
ya sea con fuerzas combinadas, como ocurre en Haití,
o por que este tipo de situaciones se den en países
vecinos que requieran colaboración, o en el propio
territorio, algo remoto pero no impensable. Nunca más
oportuna la frase que dice que “la experiencia de
guerra cuesta caro y siempre llega tarde”.
El
General de División Osiris Villegas sostuvo desde
el Consejo Nacional de Seguridad, en los años sesenta
la conveniencia del aprestamiento de las fuerzas de seguridad
para los conflictos internos, ya que si por el contrario
se emplean las FF.AA. se le da a los oponentes un status
de fuerzas militares. Este enfoque fue consecuencia de la
lógica del momento. Fue desacertado mantenerlo inmutable
en el tiempo como un paradigma. La conducción política
debe comprender que es necesario definir los roles coordinados
de las fuerzas armadas y de seguridad, cuya misión
es dada por la circunstancia histórica que se enfrenta.
Un análisis profundo y permanente de las acciones
hostiles posibles, llevaran a un compromiso político
militar nuevo. Asimismo hay que repensar la doctrina de
inteligencia actual para asegurar el mantenimiento de nuestros
valores constitucionales.
En
la investigación de la A.M.I.A. la Secretaria de
Inteligencia (SI) no pudo desgrabar las conversaciones entre
sospechosos por no disponer de traductores. Es necesaria
una escuela de idiomas donde se enseñe al personal
de paz - por ejemplo - el creol que se habla en Haití,
de manera de poder actuar con mayor eficiencia. Se hace
necesario comprender que el natural temor al cambio, debe
ser superado por un cambio sin temor. Avanzar en nuevos
cambios en la inteligencia y además pensar que frente
a un oponente que utiliza en sus comunicaciones medios primitivos
propios de la primera guerra mundial o anteriores, los especialistas
de inteligencia son fundamentales. En la guerra presente
debemos enfrentar más al “burro bomba”
que al misil de alta tecnología.
Por
Juan Carlos Cairo y Luis León Saniez.
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