A-
La fuerza hegemónica de los grupos marginales.
El
carácter de “marginal” debe al devenir
histórico, su relativismo conceptual. Por lo tanto,
la marginalidad es una posición circunstancial,
que en occidente a partir de la Revolución Industrial,
sea cual fuere la lectura ideológica, tiene como
referentes la clase social y el estrato económico.
Variables a las que hoy, consecuentemente, se suman otras
como, creencias, religión, etnias, nacionalidades,
y aún algunas más particulares, vinculadas
a estilos de vida.
En el vertiginoso proceso de globalización, como
ha referido Jonathan Friedman “lo que no está
ocurriendo es que las fronteras estén desapareciendo,
antes bien parecieran levantarse en cada esquina, de cada
barrio en decadencia de nuestro mundo” generando
grupos marginales de diversa filiación y origen”.
A esto nosotros agregamos que igualmente vertiginoso y
directamente proporcional es el efecto de fragmentación.
La marginalidad es analizada desde una perspectiva diferente
a la de un pasado muy próximo, hoy se inscribe
en un discurso cuyas palabras claves son: “intolerancia”,
“xenofobia”, “discriminación”
y “derechos humanos”. Esta referencia semántica
no es menor, porque se trata de una configuración
compleja entre lo “marginal” situado en el
presente, la decodificación de sus propuestas y
escenarios alternativos, el protagonismo de estos agentes
sociales y la actitud de toda la comunidad frente a ello.
Ser o estar al margen, supone un espacio en el que no
se está o no se es.
La
masa central de la población, ubicada en la Curva
de Gauss alrededor de la media estadística, es
en realidad, por vías del consenso, el área
de la que surgen las diferentes formas de representatividad:
políticas, sociales, culturales etc. Sin embargo,
hoy es indiscutible la relevancia de los espacios marginales,
que con metodologías propias, fuerzan el reordenamiento
de las prioridades dentro del proyecto colectivo.
La
eficiencia de lo marginal nace de la ruptura de la representatividad,
que ilegitima la relación entre el ciudadano y
sus instituciones.
Es cierto que la economía y la información
globalizadas han incidido en algunas formas de marginalidad,
no menos cierto es el carácter epifenoménico
de lo económico frente a las raíces culturales
de lo marginal.
“Una
de las principales causas de intensificación del
racismo en Europa y de la creciente animosidad hacia los
extranjeros es la velocidad de la evolución cultural,
la aceleración conque cambian las formas de vida,
los planteamientos políticos, la imagen del adversario
y los paradigmas. La realidad es menos previsible que
nunca. Para orientarnos necesitamos un punto de referencia.
Si no logramos orientarnos sentimos miedo. A esto se suma
una dramática transformación económica
y un cambio en nuestra comprensión del trabajo.”
En
todas las culturas hay indicadores de xenofobia, de racismo
y discriminación cuya automática consecuencia
es la marginalidad, pero las reacciones sectarias se agudizan
ante el temor de una cultura única en detrimento
de las singularidades.
El
respeto por las culturas particulares es tan importante
como la capacidad de adaptación a las nuevas tecnologías.
En un debate académico llevado a cabo en Harvard,
Samuel Huntington dijo: “es la cultura y sus valores,
más que la política lo que determina el
progreso de las naciones y de los seres humanos en general.”
y agrega “no sólo la cultura juega en favor
del progreso, sino que, con una acertada acción
social se puede acelerar el avance sin producir experiencias
dramáticas.”
Los
grupos marginales en la sociedad de hoy se constituyen
en subculturas que imponen su presencia al conjunto de
la comunidad, y a su arbitrio sometemos nuestras vidas
cotidianas, nuestra seguridad, nuestro patrimonio.
En
diferentes planos y efectos, el piquete, como metodología
social, el atentado terrorista, como estrategia bélica,
el tráfico de la moral, como hábito político
y la ubicuidad del delito, como sistema de justicia, son
formas de degradación y ruptura axiológicas
que conducen indefectiblemente a cambios sociales.
Estas
metodologías no son autóctonas ni novedosas,
lo nuevo, o como acotaría la historia, lo renovado
es su poder hegemónico que obliga a re-conceptuar
la curva de Gauss, a redefinir con otra lógica
la periferia y el centro, a convocar bizarras formas de
representatividad y poder.
El
hábito mundializado de someter a plebiscito o referéndum
la voluntad ciudadana es concretamente poner de manifiesto
la duda acerca de la legitimidad de los representantes,
la inutilidad del mandato en ellos depositado y por que
no decirlo, la convicción de que la percepción
colectiva es frágil y se puede inducir por medios
diversos.
Las
desigualdades, la pobreza extrema, el cercenamiento de
la identidad de parte o comunidades enteras son condiciones
más que suficientes para encontrar explicación
a los comportamientos irracionales sean individuales o
colectivos, pero es en la acción de gobierno donde
se debe encontrar la racionalidad ordenadora.
Lo
marginal se fortalece frente a formas de existencia impuestas,
por un sistema injusto, por la carencia de representatividad
institucional y cobra una fuerza hegemónica abonando
su condición de “victima “con la culpa
social e histórica.
B- La gobernabilidad cimentada en los grupos marginales.
En
este escenario, en el que se consolidan los grupos marginales,
se debilita la representatividad y se atomizan los intereses
frente al interés común es que pretendemos
instaurar una forma democrática de vida.
Cuando
todo proceso democrático se caracteriza porque
las decisiones políticas se adoptan atendiendo
a las inquietudes y necesidades de los ciudadanos y se
ajustan al interés general, nos encontramos con
artilugios conceptuales que nos apartan de la res- pública
y fragmentan la comunidad. La celebre afirmación
de Lincoln acerca de que la democracia es el gobierno
del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, no tenía
intención demagógica, sino la de reafirmar
la idea de gobernar para el interés común.
“En
este sentido la captura del proceso político por
parte de grupos o sectores sociales que orienta las decisiones
en beneficio de intereses particulares- en detrimento
del interés general- es un síntoma evidente
de malestar democrático.”
Esta
captura del proceso político -dicen Barreda y Costafreda-
“opera en dos planos: uno es, la formulación
e implementación de las políticas públicas,
tratando de lograr políticas y decisiones que favorezcan
a sectores”, (los autores, señalan el indicador
de favoritismo en decisiones oficiales presentado en el
Foro Económico Mundial) y”otro plano es la
configuración de las instituciones políticas
formales e informales al servicio de intereses particulares
o sectarios.”
Consecuencia
directa de esto es el clientelismo que anula las relaciones
de igualdad y horizontalidad, el sentimiento solidario
y cooperativo dando lugar a lo que llamamos el Trafico
de la Moral.
El
estudio de Barreda y Costafreda dice que “La raíz
del clientelismo radica fundamentalmente en una cultura
patrimonialista de la política y el poder, de larga
tradición en América Latina, según
la cual se concibe la política como una extensión
del espacio privado que permite satisfacer intereses particulares.
Caracteriza al clientelismo la distribución de
bienes y servicios para individuos y grupos singulares,
al margen de criterios generalistas de las políticas
públicas y en la medida que articula lazos muy
verticales entre patrón y cliente, bloquea el establecimiento
de relaciones horizontales y de cooperación, inhibe
la acción colectiva y la movilización de
éstos en defensa de sus intereses, manteniendo
la relación política desigualitaria y consecuentemente
la hegemonía del poder.
El
presidencialismo, en Latinoamérica en especial,
promueve la necesidad de un conductor de personalidad
relevante, por lo que el liderazgo presidencial concentra
enorme importancia.
George
B. Weber, en relación al liderazgo presidencial
dice que “debe ser capaz de considerar a la vez
lo inmediato y lo de largo plazo en lo que se refiere
a visión, objetivos y toma de decisiones y de ponderar
el asunto circunstancial inmediato frente a la visión
holística y la tendencia de las cosas… tiene
que ser capaz de reconocer y buscar el equilibrio en sus
esfuerzos y en los esfuerzos de los demás, lo agresivo
y lo aceptable, el momento de avanzar y el momento de
mantener la posición, y el mejor modo de conseguir
resultados a corto plazo sin comprometer los objetivos
y valores de largo plazo.”
Sin
embargo hoy el liderazgo político, es un liderazgo
fungible, resultante virtual de los medios y de las estadísticas
ad hoc. Es conducción de la inmediatez mas que
gestión y mediación entre el imaginario
colectivo, la contingencia y el proyecto que justifica
el esfuerzo del conjunto de la sociedad.
En
rigor de verdad visto de manera abstracta e histórica,
el liderazgo nace cuando alguien encabeza una tarea de
salvación urgente. Antes de la llegada de los medios
masivos de comunicación, Churchill, De Gaulle,
Walesa, Havel, Adenauer y Mitterrand, fueron los últimos
líderes clásicos. Se puede discrepar sobre
sus méritos o acerca de sus convicciones democráticas,
pero nadie se atrevería a negar el componente personal
carismático.
Hay
media biblioteca de bibliografía acerca del perfil
del líder, pero una ajustada síntesis sería
que, a una personalidad en el que convergen distancia
y presencia, cualidades y defectos, virtudes y vicios,
grandezas y pequeñeces, palabra y silencio, debe
sumarse una voluntad primordial, una fuerza interior que,
finalmente, se expresa como una convocatoria.
El
poderío mediático nos vende imágenes
y universos, nos puede imponer un liderazgo. Señala
Gianni Vattimo, "nuestro mundo real es al que accedemos
a través de los medios, que son agencias interpretativas,
ante las que hoy todos, no sólo los intelectuales,
también los no ingenuos, saben que -la TV miente-,
que aproximadamente, para entender lo que acontece hay
que leer más de un periódico o recurrir
a más fuentes".
Pero
la dimensión mediática no sustituye la política.
Un liderazgo mediático tampoco sustituye la acción
de gobierno. El mensaje efímero sólo se
vuelve eficaz, si ha de serlo, en el entramado institucional.
La intencionalidad del discurso público denota
sus objetivos.
La
necesidad de trascender se expresa en la vocación
histórica del hombre. La del líder político
debe incluir una forma singular de egoísmo: la
grandeza para conducir en orden la interacción
compleja de la sociedad, acosada por factores desintegradores.
C-
Reacción de la sociedad en general
Con
la fractura institucional, el relativismo axiológico,
la aparición de nuevos hábitos culturales
y las inéditas formas de relaciones sociales, el
ciudadano ha perdido la base de sustentación que,
algo más que una necesidad actual y presente de
seguridad, es la imposibilidad de proyecto alguno, sea
personal o colectivo.
El
individuo acosado, reacciona con sentimientos primarios:
miedo y culpa. Ambos complican la convivencia generando
comportamientos irracionales El miedo como sentimiento
de auto defensa, común con el comportamiento animal,
impulsa la acción involuntaria e irreflexiva. El
miedo-odio, dos caras de una misma moneda han sido simiente
de no pocas épocas trágicas de la historia.
La irracionalidad no da lugar a ningún camino de
diálogo. Por lo tanto la comunicación es
comportamental, estímulo- reacción, reacción-
estímulo.
Habermas
explica porqué en las sociedades democráticas,
como consecuencia de la acción comunicativa, no
estalla la violencia.
“La
práctica de nuestra vida colectiva descansa en
un sólido pedestal de convicciones de trasfondo
comunes, de supuestos culturales ya admitidos y de expectativas
recíprocas. La coordinación de la acción
fluye a través de juegos de lenguaje habituales,
a través de pretensiones de validez formuladas
mutuamente y aceptadas, al menos implícitamente,
en el espacio público de las razones. Pero si la
adopción mutua de perspectivas no se puede lograr
por alguna razón hablante u oyente se vuelven mutuamente
ajenos e indiferentes a la redención de sus pretensiones.
Este es el comienzo de una perturbación en la comunicación,
una incomprensión o un engaño de lo cual
la versión más extrema es el terrorismo.”
Este
pensador sostiene que el terror es una patología
comunicativa que se alimenta de su propio impulso destructivo.
“La espiral de violencia comienza con una espiral
de comunicación perturbada que- a través
de la desconfianza recíproca no dominada- conduce
a la interrupción de la comunicación racional.”
La
eficiencia del miedo y el odio es tan fuerte como el sentimiento
de haber hecho lo indebido. El arrepentimiento tiene un
valor en la esfera personal como en la esfera social.
Freud dice en uno de sus escritos “que el hombre
normal no es solamente mucho más inmoral de lo
que él cree, sino también mucho más
moral de lo que él sabe”…. en otro
trabajo “El Malestar en la Cultura” explica
la génesis del sentimiento de culpabilidad, a partir
de dos fuentes: de la angustia originaria ante la autoridad
y de la angustia posterior ante la instancia psíquica
depositaria de las prohibiciones y las pautas morales,
el Super Yo.