EL MIEDO COMO EPIDEMIA


por Martha Zarif

e-mail:
cehat@centrotocqueville.org.ar
 

Hechos como el de Los Hornos, en el que un adolescente sorprendido en un acto delictivo muere asesinado en el patrullero policial y que desencadena un enfrentamiento entre la policía y grupos de adolescentes devenidos en una pandilla sin control que mantuvo en vilo a la población, se constituyen en un episodio que convoca a una seria reflexión porque sus consecuencias van más allá de la de ser un espectáculo lejano y televisivo.

La violencia, sus variantes, el gatillo fácil, la justicia por manos propias o los émulos de Fuenteovejuna, son reediciones que hieren cada día más nuestra vapuleada convivencia. Es imprescindible que la reiteración de estos episodios y la generalización justificatoria que nos involucra e iguala al problema global no nos sumerjan en la resignada costumbre, impidiéndonos advertir la amenaza creciente de fracturas dramáticas e irreversibles en nuestra sociedad.

El miedo, la falta de contención y el autoritarismo constituyen una peligrosa combinación de resultados imprevisibles.

Tal parece que es un cocktail al que una chispa enciende hasta la irracionalidad, al que van agregándose ingredientes nuevos o renovados y van involucrando actores sociales inesperados.

El miedo, al que ya nos hemos referido en otros trabajos, es un sentimiento vital, primario y próximo a la supervivencia. No discrimina esencialmente victima ni victimario, ambos son presa intercambiable y alternante de él.

El miedo no es referente de debilidad ni de fortaleza, no hace héroes ni cobardes y sólo remite a diferencias por el estilo de la acción que promueve. El cobayo de laboratorio, acosado por el miedo en un laberinto cercado de fuego y con una única salida posible, no atina a una conducta de sondeo y escape, sino que opta por la inmovilidad (rigidez cadavérica) o por la acción temeraria (tempestad de movimientos) ambas lo conducen a la aniquilación y muerte. En el círculo de la violencia flota el miedo como sentimiento predominante y tanto victima como victimario asumen uno u otro comportamiento
El miedo epidémico no es algo que “me acontece”, sino una masa informe que me ocupa. Mientras puedo decir “tengo miedo” se infiere que lo que me lo provoca está aún afuera y diferenciado de mí. En tanto en el miedo epidémico “soy el miedo” estoy invadida por él y se convierte en el sujeto de mi accionar.

El verdugo y la víctima están habitados por el miedo. Ambos evitan la mirada del otro.
La capucha, el casco, los escudos no son sólo formas de protección física sino una reafirmación de la no identidad individual, de anonimato, de estar unidos inexplicablemente por el mismo sentimiento de miedo.

¿Cómo funciona el acting out del miedo?
¿Cuándo se pasa de un status a otro? ¿De “tener miedo” a “ser el miedo”?

Tener miedo supone una diferenciación crítica entre el yo y el no-yo, una distancia con el hecho o la cosa que me lo provoca.

Esta distancia posibilita al menos dos vías de acción, la individual a través de la “evitación” o rodeo de aquello que lo genera, y la colectiva que usa como instrumento excelso “la negociación” entre las partes. La “negociación” tiene lugar a través de instancias supra-individuales. Las instituciones convencionales o ad hoc son los espacios para la negociación
En estos espacios se gesta “la contención” y el cauce de los acontecimientos. Es a través de las Instituciones que el miedo se circunscribe y controla antes de que pase a una instancia de indiscriminación entre sujeto y objeto de la acción social, de anomia. Las Instituciones son una suerte de “catalizadores” sociales. El sujeto social “descansa” en ellas, tanto sea para retardar una consecuencia como para acelerarla, pero en síntesis, para mediatizarla.

La conducta individual y colectiva que posee cierta racionalidad, reflexión y sentido, hace que los ciudadanos les confieran representación y capacidad decisoria.

Sin embargo, las Instituciones desquiciadas, puestas bajo sospecha y en proceso de liquidación, sólo promueven, tanto a quienes las conducen o detentan como a los ciudadanos desprotegidos, a comportamientos erráticos, del tipo reacción-estímulo-reacción, de prepotencia frente al autoritarismo, ambos carentes de genuina razón y con el sólo sentido de: a tal causa tal efecto.

La desconfianza en las Instituciones de la República tiene su efecto dentro y fuera de ellas. La pertenencia (desde adentro) o la referencia a ellas (desde afuera) están en tela de juicio, cuestionadas bajo sospecha. La disciplina, el orden o las jerarquías, sustituidos por formas de autoritarismo y arbitrariedad. Es en este esquema que debemos entender los hechos como el aludido que se suceden en nuestro país, difundidos o ignorados por los medios. Pero siempre socavando las columnas sobre las que está construida la organización social: LA SEGURIDAD Y LA PROTECCIÓN DE LOS INDIVIDUOS.

 

por Martha Zarif

INICIO / CONTACTENOS