| Hechos
como el de Los Hornos, en el que un adolescente sorprendido
en un acto delictivo muere asesinado en el patrullero policial
y que desencadena un enfrentamiento entre la policía
y grupos de adolescentes devenidos en una pandilla sin control
que mantuvo en vilo a la población, se constituyen
en un episodio que convoca a una seria reflexión
porque sus consecuencias van más allá de la
de ser un espectáculo lejano y televisivo.
La
violencia, sus variantes, el gatillo fácil, la justicia
por manos propias o los émulos de Fuenteovejuna,
son reediciones que hieren cada día más nuestra
vapuleada convivencia. Es imprescindible que la reiteración
de estos episodios y la generalización justificatoria
que nos involucra e iguala al problema global no nos sumerjan
en la resignada costumbre, impidiéndonos advertir
la amenaza creciente de fracturas dramáticas e irreversibles
en nuestra sociedad.
El
miedo, la falta de contención y el autoritarismo
constituyen una peligrosa combinación de resultados
imprevisibles.
Tal
parece que es un cocktail al que una chispa enciende hasta
la irracionalidad, al que van agregándose ingredientes
nuevos o renovados y van involucrando actores sociales inesperados.
El
miedo, al que ya nos hemos referido en otros trabajos, es
un sentimiento vital, primario y próximo a la supervivencia.
No discrimina esencialmente victima ni victimario, ambos
son presa intercambiable y alternante de él.
El
miedo no es referente de debilidad ni de fortaleza, no hace
héroes ni cobardes y sólo remite a diferencias
por el estilo de la acción que promueve. El cobayo
de laboratorio, acosado por el miedo en un laberinto cercado
de fuego y con una única salida posible, no atina
a una conducta de sondeo y escape, sino que opta por la
inmovilidad (rigidez cadavérica) o por la acción
temeraria (tempestad de movimientos) ambas lo conducen a
la aniquilación y muerte. En el círculo de
la violencia flota el miedo como sentimiento predominante
y tanto victima como victimario asumen uno u otro comportamiento
El miedo epidémico no es algo que “me acontece”,
sino una masa informe que me ocupa. Mientras puedo decir
“tengo miedo” se infiere que lo que me lo provoca
está aún afuera y diferenciado de mí.
En tanto en el miedo epidémico “soy el miedo”
estoy invadida por él y se convierte en el sujeto
de mi accionar.
El
verdugo y la víctima están habitados por el
miedo. Ambos evitan la mirada del otro.
La capucha, el casco, los escudos no son sólo formas
de protección física sino una reafirmación
de la no identidad individual, de anonimato, de estar unidos
inexplicablemente por el mismo sentimiento de miedo.
¿Cómo
funciona el acting out del miedo?
¿Cuándo se pasa de un status a otro? ¿De
“tener miedo” a “ser el miedo”?
Tener
miedo supone una diferenciación crítica entre
el yo y el no-yo, una distancia con el hecho o la cosa que
me lo provoca.
Esta distancia posibilita al menos dos vías de acción,
la individual a través de la “evitación”
o rodeo de aquello que lo genera, y la colectiva que usa
como instrumento excelso “la negociación”
entre las partes. La “negociación” tiene
lugar a través de instancias supra-individuales.
Las instituciones convencionales o ad hoc son los espacios
para la negociación
En estos espacios se gesta “la contención”
y el cauce de los acontecimientos. Es a través de
las Instituciones que el miedo se circunscribe y controla
antes de que pase a una instancia de indiscriminación
entre sujeto y objeto de la acción social, de anomia.
Las Instituciones son una suerte de “catalizadores”
sociales. El sujeto social “descansa” en ellas,
tanto sea para retardar una consecuencia como para acelerarla,
pero en síntesis, para mediatizarla.
La
conducta individual y colectiva que posee cierta racionalidad,
reflexión y sentido, hace que los ciudadanos les
confieran representación y capacidad decisoria.
Sin
embargo, las Instituciones desquiciadas, puestas bajo sospecha
y en proceso de liquidación, sólo promueven,
tanto a quienes las conducen o detentan como a los ciudadanos
desprotegidos, a comportamientos erráticos, del tipo
reacción-estímulo-reacción, de prepotencia
frente al autoritarismo, ambos carentes de genuina razón
y con el sólo sentido de: a tal causa tal efecto.
La
desconfianza en las Instituciones de la República
tiene su efecto dentro y fuera de ellas. La pertenencia
(desde adentro) o la referencia a ellas (desde afuera) están
en tela de juicio, cuestionadas bajo sospecha. La disciplina,
el orden o las jerarquías, sustituidos por formas
de autoritarismo y arbitrariedad. Es en este esquema que
debemos entender los hechos como el aludido que se suceden
en nuestro país, difundidos o ignorados por los medios.
Pero siempre socavando las columnas sobre las que está
construida la organización social: LA SEGURIDAD Y
LA PROTECCIÓN DE LOS INDIVIDUOS.
por
Martha Zarif |