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Eistein decía “… si no quieres siempre obtener los mismos resultados no debes hacer siempre las mismas cosas”.

Es interesante para la Argentina cómo la Comunidad Europea reaccionó ante los efectos negativos que le producía la competitiva expansión de los astilleros coreanos y chinos, diseñando una política integral para el sector y creando para ello el Consejo de la Industria Naval, con el cometido principal de controlar los subsidios directos e indirectos de sus miembros a la industria y al mismo tiempo, controlar o atemperar las asimetrías existentes entre ellos.

La industria naval en el MERCOSUR, por el contrario, no tiene tratamiento específico al nivel de la zona. Este tema ha sido tratado por las organizaciones de la producción de embarcaciones con la Cancillería y con la Secretaría de Industria, porque consideran de vital importancia que sea considerada en el marco más amplio del Mercado, de modo de desarrollar todas las capacidades argentinas.

Un tema que no puede soslayarse en estas tratativas, es que las asimetrías del MERCOSUR son de magnitud e identidad diferente a las existentes en otros procesos de integración que se toman como ejemplos, tal es el caso de la Comunidad Europea.

En el MERCOSUR los insumos estratégicos, tal como es la chapa naval, monopolizado por parte de una siderúrgica brasileña, se encuentran distorsionados en su oferta por posiciones dominantes. Esto se agrava aun más, si tomamos en cuenta que existen otros materiales y sistemas que no se producen en el MERCOSUR, como son los insumos de alta tecnología para la construcción de buques, que deben necesariamente ser importados desde los países tradicionalmente proveedores de la industria náutica. Debería primar un desarrollo equitativo y complementario entre los miembros del MERCOSUR, aunque inmediatamente no sea posible, simplemente porque Brasil aplica una estrategia hegemónica y unilateral en cuanto a su desarrollo. Su industria tiene una marcada influencia sobre la argentina, lo que produce asimetrías, que no alcanzan a ser revertidas con algunas medidas proteccionistas por parte de la Argentina, de impacto temporal. En su lugar, lo que debería instrumentarse, son políticas que permitan el desarrollo de estrategias de mediano y largo plazo.

Evidentemente, en la Argentina no se puede promover todas las actividades productivas, por lo que hay que privilegiar aquellas, como la industria naval, que revierte sus beneficios sobre la producción en su conjunto. Tramos de la cadena de agregado de valor naval como el del corte de chapa o el de la ingeniería de desarrollo de proyectos constructivos importantes, pueden ser implementados por los astilleros grandes, para sí y para los de menor porte. Se debe producir de acuerdo a los estándares internacionales, para ello es preciso una adecuada automatización y robotización de las líneas de producción, al tiempo que capacitar continuamente al colectivo laboral. Si en todo esto las cosas se hacen bien, habrá una mayor competitividad, con la lógica consecuencia de aumento de la demanda y por lo tanto de nuevos empleos. Funcionando la industria naval argentina como un sistema eficiente habrá un crecimiento sostenido de todos sus componentes.

También es conveniente la argentinización de las máquinas herramientas y de los insumos. En la construcción de un buque de complejidad media, los productos provistos por la cuenca de abastecimientos llegan a un sesenta por ciento. Significa esto que por cada uno de los operarios que trabajan en las gradas, entre tres y cuatro lo hacen en la producción de accesorios.

Si bien es importante la producción de naves, no podemos olvidar que éstas tienen su sentido más claro en la capacidad de transporte de la bandera argentina, lo que completa lo que debería ser una estrategia marítima nacional.

Si se actúa con creatividad, solidaridad, y con un profundo sentido nacional, la industria naval, es posible.

por Vicente Palumbo

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