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Cuando
uno no sabe leer bien la realidad y definir
claramente sus objetivos en función
de la misma, debe necesariamente replantear su estrategia
que significa, ni más ni menos, ser conciente de
las capacidades y limitaciones de los recursos
que posee (léase: capital humano, material y financiero).
También debe “jugar” con las variables
estratégicas del espacio y del tiempo,
aplicando reglas de juego lógicas de manera que le
permitan canalizar todas las energías hacia el fin
que se ha propuesto. Hacerlo de otra forma, significaría
quedar atrapado en un torbellino de acciones sin sentido,
que lo van a ir sumergiendo paradójicamente en la
inacción.
Un
paradigma que sirve para ilustrar lo expresado, es el que
he dado en llamar la “Teoría del Bulón”,
que paso seguidamente a explicar: si uno tiene que abulonar
una planchuela, debe tener definido previamente los “que”,
“cuando” y “como” va a hacerlo.
Se trata de un plan simple que sirve para resolver cualquier
tipo de problema práctico. Este proceso debe ser
además integral. No se trata de manejar individualmente
cada componente por separado, el tornillo y su tuerca debe
ser compatibles en su rosca común, en sus dimensiones
y en su material de construcción. Pero también
se necesitará simultáneamente verificar que
herramientas serán necesarias para su manipulación.
De no tenerse en cuenta estas reglas por demás simples
y racionales, se corre el riesgo cierto de interrumpir todo
el proceso de la producción.
Casualmente,
esto es precisamente lo que no está ocurriendo en
el campo de la industria naval. Pese a la inobjetable voluntad
que ha puesto de manifiesto el gobierno por recrear a esta
industria, no logra los resultados esperados que motoricen
una verdadera recuperación de la actividad en el
sector.
Se
han venido proponiendo soluciones aisladas que no toman
en cuenta el problema de manera integral. Por ejemplo: distintos
actores de la actividad le han propuesto al gobierno un
modelo de financiamiento basado en el “leasing”
naval como una medida básica de reactivación,
para que los armadores pudieran acceder a nuevas unidades,
con efectos sustentables sobre la matriz de costo de sus
empresas.
Ello
no fue suficiente, puesto que no se podían financiar
las construcciones por falta de capitales de producción.
Entonces se normaron condiciones de prefinanciamiento, que
tampoco resolvían el problema integralmente. No resultó
dado el estado fiscal en que habían quedado las empresas
después de la década pasada, que no les había
permitido acceder a este financiamiento. Se creó
entonces un régimen para que las empresas pudieran
sanear su estatus fiscal.
Tampoco
alcanzó, porque el estado del equipamiento que tenían
los astilleros y fabricas navales no les permitía
producir de acuerdo a los estándares internacionales
y, por lo tanto, los tiempos que demandaba una construcción
nueva estaban totalmente fuera de escala en este mercado,
haciendo la amortización de esta inversión
muy pesada.
Sobre
estos temas existen iniciativas en el Congreso, que seguramente
van a contribuir muy favorablemente al proceso de recuperación
pero, una vez más, atenderán sólo a
una parte del problema, tal vez al más importante.
Pero, la verdad sea dicha, si antes no definimos entre todos
los sectores del quehacer marítimo cual es la realidad
del escenario actual, cuales son nuestras capacidades y
limitaciones, humanas, materiales y financieras y definimos
– insistimos, entre todos – los objetivos que
podríamos efectivamente llegar a alcanzar, determinando
los “que”, “cuando” y los “como”,
nunca lograremos desarrollar un sistema sustentable en el
tiempo.
Podríamos
seguir por este camino de aproximaciones sucesivas, con
las consabidas improntas aisladas y / o improvisadas, que
atiendan a resolver de a un problema por vez. Esa no es
la forma más inteligente de trabajar. De seguir haciéndolo
así sobrevendrán, inevitablemente, nuevas
frustraciones a las ya tantas veces experimentadas.
La
manera de hacerlo racionalmente sería generando un
plan regulador que contemple el estado actual de la capacidad
productiva, financiera, tecnológica, los recursos
humanos, en relación con las necesidades de los distintos
segmentos del mercado, a saber: pesca, fluvial, cabotaje,
públicos, policiales y militares, con la finalidad
de contribuir a crear un modelo que, apoyándose en
la “Teoría del Bulón”, resguarde
los intereses argentinos en el Mar, con un concepto totalmente
global en su diseño e implementación.
Creo además fervientemente, que este esquema es perfectamente
trasladable al resto de la industria en general, que le
permitirá consolidar el bienestar general y la defensa
de los intereses nacionales de todos los argentinos.
por
Vicente Palumbo |