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Nos
parece tan obvio tener a Alexis de Tocqueville de epónimo
de nuestro Centro de Estudios, como que a muchos les parezca
fantasioso el haber elegido para ello a un conde y par de
Francia, que describió la experiencia de la Revolución
Estadounidense a mediados de la década de los años
’30 del siglo XIX.
Tocqueville
es un clásico y como tal es permanente y universal.
Perceptivo hasta del futuro, divisó para los nacientes
Estados Unidos y para las antiguas Rusia y China, un porvenir
de confrontación por el liderazgo mundial. Señaló
el riesgo que para la democracia entrañaba lo que
a un siglo y medio de su muerte llamamos “sociedad
del conocimiento”. Previó la amenaza de la
autosuficiencia individualista para la acción colectiva,
cuando no estaba aún establecida la libertad que
la permite, en ninguna parte del mundo.
Desde
los griegos y romanos, a partir de las lecturas de Charles
Luis de Montesquieu y de Edmund Burke, Tocqueville concibió
sus principales obras: “La Democracia en América”
y “El Antiguo Régimen y la Revolución”;
que son una nueva floración del pensamiento republicano,
troncal en Occidente.
Tocqueville
describió la fisiología de la democracia y
de su alternativa, la revolución, como la causa europea
desde un milenio antes de la Revolución Americana,
que desde los bordes de Occidente fue el ejemplo práctico
para alentar el cambio de régimen en Francia.
Tradicional
y vanguardista a la vez, entendió que en la religión
estaba el soporte del pensamiento ético, porque la
fraternidad del lema revolucionario solamente se entendía
a partir de la filiación divina. Sincrético
y original - simultáneamente - fue un constructor
de puentes intelectuales entre Europa y América,
entre el pasado señorial y el futuro popular, entre
el pensamiento principista y la constatación empírica,
entre el hallazgo y la teoría.
Se
lo tiene como el primer investigador sistemático
de políticas públicas por su famoso estudio
del sistema penitenciario de los Estados Unidos, lo que
muchas veces oculta sus visiones geniales de la historia,
o sus fundadas generalizaciones, o sus arriesgadas y certeras
predicciones.
En
fin, toda su obra lo eclipsa y hace pasar desapercibida
su biografía. Su vida fue la de un agudo observador
que con un sentido caballeresco de la vida, tuvo solamente
pensamiento para ideales generosos.
Por
esta síntesis de excelencias es que evocamos a ese
francés tradicional y futurista; a ese sabio de expresión
sencilla; a ese aristócrata valorizador de lo popular.
Por todo esto y por cierto espíritu de contradicción
que nos anima, este Centro de Estudios se llama Alexis de
Tocqueville.
El
foco de esta institución esta puesto en el sistema
democrático dentro del amplio espacio americano;
de polo a polo de océano a océano. Siguiendo
a Tocqueville, que advierte en lo histórico el gesto
de lo providencial, entendemos que América, situada
entre las veteranas Europa y Asia, tiene una singularidad
que la hace profética. Ese ser singular de América
no es el idioma, no es la raza, ni siquiera es la cultura.
Lo que el Continente tiene en común es la constitución
política de sus países, ecos reiterados de
la Ley Fundamental promulgada en Filadelfia de 1788.
Como
a Tocqueville nos anima el publicismo, no producimos académicamente
para el anaquel, por este medio universal que es la Internet,
esperamos poner nuestros escritos en otras tantas botellas
arrojadas al mar electrónico, con la intención
de llegar a todos y motivar respuestas de los que se sientan
deseosos de criticar.
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